01/06/12

Otra vez Bruce


Tan inmensa es la ausencia del virtuoso de los sueños Clarence Clemons, que el amago de cubrir sus notas en el aire ha recaído en ocho pulmones; algo comprensible al hablar del "próximo rey del Reino Unido", como alguna vez lo presentó Bruce Springsteen. El torrente Springsteen, el representante del entusiasmo en la tierra, anda por estos pagos y el imán de su magia atrae a miles de peregrinos, entre los que me incluyo. Mañana iré a la primera de esas celebraciones del todo por la carretera del trueno. A mediados de mes repetiré en Madrid.

Como buen amante del despiste, será -como siempre fue- capaz de cambiar la dirección de los vientos y de arrancarle a la rutina sus aburridas pieles. Sobre esa forma de luchar en el escenario se ha hablado demasiado, desde los cainitas de este país hasta los más formidables críticos. Sin la necesidad de desplegar la fiereza que lo caracterizaba en sus actuaciones, lo sigue haciendo. Cuando podría estar "cantando para la reina, como Elton John", como alguien dijo hace poco, prefiere enemistarse con lo previsible y dar la espalda a lo extendido: generalmente, cuando uno sigue a cualquier artista, conoce hasta el momento en el que cuenta un chiste que uno ya ha escuchado.

No sucede eso en un tipo con fuego por aliento, quien improvisa canciones cuando los carteles del público se lo indican (¿quién de su talla lo necesita?). Nunca faltan los agoreros y ombliguistas que crucifican cualquier cosa, y eso se ve en los comentarios de la prensa, como si el dinero estuviera reñido con la honestidad. No sé quién lo dijo, pero "el dinero no cambia a las personas, sino que las descubre".

La primera vez que lo vi en directo en la gira de The Rising, un disco cuyo germen estaba en la necesidad americana del consuelo tras los atentados del 11-S. Alguien por la calle lo paró y le dijo: "Te necesitamos". Bruce llegó a su casa y comenzó a escribir el disco que volvió a reunir a la E Stret Band ya para siempre después de varios experimentos no tan exitosos.

Después lo vi más veces, allí en su tierra, Nueva Jersey, y aquello es difícil de describir con algo de precisión. Pero nunca olvidaré cómo supe de su existencia a pesar de que mucho antes le llevé estampado en el pecho tras esas herencias de ropas familiares. Salió en la televisión un tipo encaramado a un muro, en un concierto en Nueva York, con una guitarra descolgada por la espalda, con los brazos en alto, y seguidamente daba un beso a una señora.

Aunque sin ser el gruppie que suponen muchos seguidores del músico -hay personas cuya religión es la springstiana-, no me lo pierdo cuando viene a España. La última vez rodé en caravana al son de sus conciertos, me lavé los dientes en los depósitos de agua de las gasolineras y me duché en hostales que yo no pagaba.

Mañana vuelvo a esa comunión con lo estelar, con la fiebre de la pasión y cierta exaltación de vida. Bien lo canta en Badlands:  "No es pecado alegrarse de estar vivo". Buena razón para seguirlo.

30/05/12

. . .

Nos desplazábamos a oscuras, en la frontera entre la medianoche y la vigilia. Eran horas propias de secretos,  de intenciones silenciosas. Es la ventaja de los territorios nocturnos, que apedrea a la rutina y la imaginación estalla por los aires.Despreocupado entonces de todo nudo que asfixia, me vi en la encrucijada de sacar la lengua o el dedo corazón y profanar la carne del día.

Nunca fui de reservarme los buenos momentos para las multitudes; siempre creí que la soledad era más dolorosa en una discoteca que en mi habitación. Y antiguamente, cuando soñaba y lloraba en alto, aquí dejaba la correspondiente señal, como si fueran las migas que me recordaran el camino de vuelta en noches sucesivas. Pero siempre volvía por otro camino.

Eran noches de cortes de mangas, de luces y sombras, de nostalgias paralelas a una vida que no siempre estaba al alcance, de seducción, a veces logradas, otras fracasadas. Pero siempre volvía al lugar de partida, volvía a dudar de la duda, volvía a colgarme a la incertidumbre. Consecuentemente, amanecía tarde, cansado, agitado, sudoroso, con los párpados revueltos y los ojos cegados. A eso me achacan la blancura de mi piel.

Confesaré que el ánimo, que por el día decae, resurge por la noche. Es un fastidio, porque ahora por las mañanas trabajo y estoy de exámenes;  por las tardes no me concentro y al día siguiente mediomadrugo, por lo que el tiempo para estudiar me lo invento. Aun así aprobaré. Es un desafío demasiado personal como para fallarme (una vez más).

Con todo, el día, ante mí, se sigue presentando sin coartada. Quizá sea por eso por lo que tengo una inclinación predilecta hacia el invierno, las noches largas y la temperatura suave. Pero aún no estoy seguro.

Otros noctámbulos consabidos y cómplices refuerzan mis interioridades. Supongo que fue en el silencio de la noche donde tomé mis decisiones, y las próximas yanheladísimas también serán en ese escenario.

Lo que no puedo dejar de confesar, rastro de aquellos llantos y carcajadas que me picaban en la pantalla, es que en las últimas semanas me alarma la vida desabrida, a sabor de pasillo de hospital. Me tiene en jaque, con gramos de sal por sangre y una cara inexpresiva que mira todo sin ver nada.



28/05/12

Hoy

“La pasión agota”

“Sucede que me canso de mis pies y mis uñas”

No sé, no sé lo que me pasa. Quiero morir así…”

“Yo lo noto: cómo me voy volviendo, menos cierto, confuso”

Hoy estoy sin saber yo no sé cómo, hoy estoy para penas solamente”

Me faltan las fuerzas, ha sido muy tarde, y nada más…”

Cuando yo no era el mismo, te quería también”

“Yo que creí que la luz era mía”

“No quiero cumplimiento sino revelación”

Escucha la voz que hay en tu interior no la silencies con tus propias palabras”

Es lo único que hoy recuerdo.


24/05/12

Vivir mejor que escribir

De aquellos hombres grises que habían decidido dedicarse, cada cual por sus propias buenas razones, a la tarea de acabar sus días de borrachos sin un céntimo, solo yo, al compartir su modo de vivir, ofrecía una imitación de la infancia hacia la que su vista podía dirigirse cada día, y al estar así injertado entre ellos me convertí en el hijo artificial de un buen puñado de derrotados.

Neal Cassady, en El primer tercio

Habíamos salido de Chicago el día antes y no sabíamos qué sucedería en las siguientes semanas. Llevábamos las mochilas y un plan secreto: cruzar los Estados Unidos. Unos miles de kilómetros más allá nos esperaba la tierra prometida, pero por delante afrontaríamos el fuego del desierto, la lluvia de Oklahoma, la carne de Texas,  la noche en las Vegas y botellones encerrados en moteles cuando el único alcohol que se podía adquirir era en alguna liquore store –éramos 5 y tres rozaban los 60, entre ellos mi padre y mi tío…-. Aún así, alcanzamos con gloria Los Angeles como último destino después de rodar 7.800 kilómetros y alguna que otra fiebre, insolación, caídas, borracheras y demasiadas risas. Ah, y yo dormí muchísimas noches en los baños: siempre odié los ronquidos, por lo que echaba el pestillo y hacía mear a mi compañero (uno de los mencionados arriba) en la calle.

Retomo esta historia –este sueño hecho carne- que sucedió hace menos de dos años al estar enfrascado, en las dos últimas noches, en la única novela de Neal Cassady, El primer tercio, el mítico héroe de la generación beat que con 21 años ya presumía de haber robado 500 coches. Nació en la carretera y vivió en la carretera. Su padre era un borracho que acabó deambulando por Denver en solitario. Esto hizo que su hijo, al que arrastró a la ciudad, acabara admitiendo que quiso ser vagabundo desde que tenía uso de razón.

Entonces, yo apenas había repasado el rastro de estos héroes que marcaron mi imaginación. Creo recordar que solo había digerido En el camino, de Kerouac, y algunas versos heridos de contemporáneos suyos. Pero aquel viaje por carretera cambió mi vida y me animó a hincarle el diente a los sueños.

Recuerdo que aquel día que salimos de Springfield mi padre tenía aún roja la piel de la insolación que la noche anterior le había hecho pasarlas canutas. Le llevamos un sándwich a su habitación con una Budweiser y parece que alivió el sufrimiento. Mi tío desayunaba con cerveza. Y en esas pusimos rumbo hasta que una moto nos dejó tirados en el condado de Montgomery. ¿Qué hacemos en medio del campo en una carretera secundaria, sin tener ni idea de dónde estamos? Como era la moto en la que yo iba con mi tío, me tocó contactar con alguien que nos solucionara el problema, pero cuando me preguntaron que dónde estábamos, no le supe contestar con precisión. Me acerqué a un jalón del camino y vi que estaba inscrito el número kilométrico y “Montgomery County”, así que se lo dije al fulano al otro lado del teléfono. Pero no lo encontraba en su ordenador.

La fortuna quiso que el embrague fallara al lado de una granja donde había un inmenso árbol que nos cobijó las horas que tardó una grúa en venir a por nosotros. Indicarle nuestra situación fue complicado, aunque al final uno de la granja nos indicó nuestra ubicación exacta. El de la grúa llevaba un bigotillo espeso, y recuerdo que al pasar por un edificio viejo, a mi tío y a mí, que maldecíamos nuestra avería, nos dijo que era un manicomio y que allí se “mataban unos a otros”.

Llevábamos apenas un par de días en la carretera y todos los mitos salían a flote, concentrados en dosis explosivas. ¡Y solo llevábamos dos días en la carretera! Diré la verdad: el día anterior el embrague había fallado por primera vez en mitad de la autopista y alcanzamos un área de servicio remolcados por mi padre con una cuerda. Y yo andando por el arden que escupía fuego. Ese mismo día, como mi tío y yo nos quedamos esperando al menos cuatro horas a arreglar el incidente, nos echamos al atardecer –con exceso de velocidad- entre los maizales de Illinois hasta que un policía no echó el alto con sirena y todo, pero sin barriga. Nos dejó marchar.

Este exceso de nostalgia lo recuerdo al leer ahora a Cassady, el Dean Moriarty de On the road cuya vida acelerada marcó una época que ahora, desde varios flancos, los teóricos de la lírica tratan de echar por tierra al poner en cuestión la trascendencia de la literatura beat. Acaban de presentar la adaptación de la biblia de Kerouac, y ya se escuchan voces discordantes. “La descripción física del viaje está en pantalla, las interpretaciones están a la altura, pero el alma se ha perdido por el camino y queda una narración morosa”, he leído por ahí.

A mí me da igual la maldita crítica de alguien que sentado en su sofá cuestione todo. Cuestionar a alguien que dice que desde que supo quién era quiso ser vagabundo simplemente no me interesa. A cada cual le vibran ciertas notas de acuerdo a su experiencia. Personalmente, siempre he preferido quienes vivieron las cosas a quienes se dedicaron a inventar historias que nunca vivieron. Hablar de quienes lo vivieron y lo escribieron es otro tema. Y éste es el caso de los beat.



17/05/12

Sabor ambiguo

De la piel para dentro empieza mi exclusiva jurisdicción. Elijo yo aquello que puede o no cruzar esa frontera. Soy un estado soberano, y las lindes de mi piel me resultan mucho más sagradas que los confines políticos de cualquier país.
Anónimo
Un regusto ambiguo en el paladar. Eso podría decir de la sensación que ayer me dejó una llamada de teléfono. Si lo tuviera que representar, sería una escena de Woody Allen, donde habría una tromba de palabras atropelladas en el diván del psiquiatra. Incluso si supiera algo más de Kafka que su procedencia y sus últimas palabras antes de morir, diría que había rasgos kafkianos; quizá también habría vetas dantescas, bukoswkianas, quién sabe si hernandinas y convencido estoy que casi seguro senequianas.
Pero al igual que alguna profunda razón me aleja de atribuirme nada de eso, la llamada para comunicarme que “Mientras tanto”, una serie de palabras que reuní en forma de poemas, escritos en los últimos meses, había conseguido el accésit en elCertamen de Poesía José Hierro, me llevó a sacudirme el mérito. ¿Por qué? Responderé con unas palabras de dicho conjunto de frases, o versos, o sentires: “Todo ya vive fuera/todo ya vuela ajeno./ Ya todo va siendo apenas.”

Creo que es difícil enfurruñarse con uno mismo cuando alguien te despierta con tan buena noticia… sino fuera por el aluvión de pensamientos que a uno le surgen después. “Todo ya vuela ajeno”. Es una exageración, claro, pero no en cuanto a la esfera de la poesía. Podría decir que soy un luchador de la existencia, de las capas de ruido que en los últimos meses voy reventando. Podría decir con la cabeza bien alta que soy valiente al enfrentarme a mí mismo, que estos esfuerzos son excesivos y que tienen su recompensa final. Incluso, apurándolo mucho y teniendo en cuenta mi corta vida, podría mirar a los ojos a alguien al hablarle de textos periodísticos. Ahí sí puedo defender con la vida entre los dientes un texto. Pero no así en poesía.

Escribo versos por accidente, que no poesía. No sé escribir poesía, no tengo la más remota idea. Lo único que hago es correr a escribir algo cuando se me ocurre. Pero ni sé de formas, ni siento la necesidad de saber de estilo, ni estudio estructuras ni aspiro a nada relacionado con un mundo donde Antonio Machado o Juan Ramón Jiménez han dejado huella. Por echarme una flor, puedo reconocer que de mí han salido versos que efectivamente me gustan (“nómbrame embajador de tus miradas” o “me escurro entre dos tiempos/el futuro y el deseo” ), pero en general escribo para dar fe de que aún respiro, no para enseñarle al mundo mi “obra”, la cual no soy capaz de defender ni yo. ¿Y por qué, entonces, reúno algo y lo envío a un certamen para competir con los demás? Pura contradicción cuyas razones son demasiado profundas y sí, conozco.

Seguramente esté siendo duro conmigo mismo, y me ciegue un sentimiento de pureza del género. Pero vuelvo a caer en la contradicción cuando realmente, además de admirar a los más puristas del verso, son los poetas indie, punk y diferentes los que me recuerdan que la poesía no se encierra en ninguna jaula de 11 sílabas sino en la música de las olas, el pío pío de un jilguero o en un sol ardiendo al final de una carretera.

Claro que el siglo de oro y sus mandatos ya expiraron, que la creación nace de cualquier necesidad existencial y que la poesía Gary Snyder, Kirmen Uribe, de Kapucinski, las pintadas en un muro o las palabras de Facundo Cabral  nutren tanto como los clásicos. Pero también es verdad que la realidad tiene demasiadas esquinas, y a veces, uno se refugia en la más recóndita.

10/05/12

El matón del destino

El que hace lo que ama está benditamente condenado al éxito.
Facundo Cabral

Si uno ignora los impulsos del destino o acaba en la cuneta o cae, tarde o temprano, entre las redes de éste. Hoy necesito fugarme por la válvula de la intuición, dibujar con la savia que mueve mis dedos las promesas que algún lejano día (¿antes de haber nacido?) establecí como manera de vivir y entenderme a mí mismo. Muchas veces lo he escrito en este espacio, que es un lugar en el que me justifico continuamente. Por pura necesidad, como si mi voz no valiera por sí misma, como si no me la creyera ni yo, como si imprimir los sonidos de mi garganta en el papel le diera más fundamento a los argumentos y así me sintiera en deuda con mis promesas.

Sucede que uno no puede quitarse de en medio sus pulsiones más profundas, por mucho que  la cabeza trate de despistarlas por mil y un vericuetos. Hablo del periodismo, de surcar una profesión que no puedo dejar de pensar en ella aunque trate de convencerme; a pesar de estar en el disparadero de otra profesión con ¿perspectivas más halagüeñas? y con el mundo por montera. Confieso que es esa la preocupación que más me remueve, que alimenta mis pesadillas y empaña mi horizonte. Cuando leo alguna crónica periodística y pienso que nunca podré volcar mi pasión en ese oficio, se apagan todas las ilusiones que cada día y cada noche proyecto. No me gusta, en la esa batalla dialéctica, la denominación de corazón versus razón por no hacer justicia a la realidad del crecimiento personal individual, aunque, en realidad, es exactamente eso. Prefiero hablar de intuición versus contaminación, por ejemplo.

Negarse a uno mismo el aire se llama suicidio; culpar al mundo de las situaciones propias, victimismo. Lo segundo dejé de practicarlo hace años, lo primero lo conozco bien porque en atmósferas contaminadas tomo el aire. Y cuando el aire que respiro lo asume mi organismo es administrado en dosis insuficientes: colaboraciones con algún medio aprovechando un viaje, una conferencia, un curso, una tarde. Pero, desde luego, no alimentan el organismo con las exigencias que éste exige.

Ser periodista no es un título, una medalla que se lleve y se quite, algo de lo que uno se jubila a los 65. A menudo escucho a los grandes héroes de esta profesión, que así lo sienten y así lo expresan. Los escucho con verdadero deleite pero, sobre todo, con una carga pesadísima porque, seguramente, representan los sueños que albergo. ¿Están los deseos para consumarse?

Cuando la sangre de alguien va cargada por el destino, quiero creer que no puede fugarse: su destino también es acabar en ese callejón sin salida que ni la razón ni el mundo podrán pararlo: la verdad es ineludible para el buscador de la verdad. O, como dijo Gandhi, “la verdad es como un inmenso árbol que brinda más y más frutos cuanto más se le nutre”. El amante de la verdad, que no entiende sino de ir reventando las capas más superficiales hasta besar su tesoro, no atiende a otras órdenes que a las dictadas por su dorado destino.

Así lo siento hoy,  y así lo siento desde hace tiempo. Quiero ser periodista, ir a ese lugar que me prometí ir, leer a Steinbeck y sentirlo propio, impulsarme hacia aquello que desde otro lugar lo siento ajeno, hacer de mi vida el reverso del espejo, atrapar con las manos las moscas que he dejado escapar. Pero si el destino es un matón que acabará conmigo, ¿por qué preocuparse? Lo advertí: escribo para dejar constancia de mi deuda con la existencia. Si el periodista es un superviviente, quiero morder hasta el último gramo de vida que quede; si la sangre solo lleva unos deseos, la alternativa es borrarse del mapa. Y eso sería, también, un agravio para el matón de ese callejón del destino que me dará caza.

07/05/12

Vivir en mitos

En el verano de 1993, me quedé solo, la familia andaba desperdigada por varios países. Yo, por mi enfisema, no sentía el menor interés por ese tipo de viajes. Tan pronto me quedé solo en Madrid el reporterismo me agarró la garganta,  no pude más y marché para Sarajevo.
Enrique Meneses


No conocía Sarajevo más que en la sombra, de refilón, como de pasada. Las noticias llegaban cuando yo tenía siete años y jugaba con mi perro y mis gatos, que también pasaron a la historia. Luego, cuando supe de que un tal Pérez-Reverte había tragado muchos wiskys en el lobby de un hotel de fachada dorada, ya estaba en la escuela de periodismo imaginándome por esos mundos de dios, acurrucado en algún rincón escribiendo crónicas que quizá alguien leería. Eran tiempos de soñar, de vivir en la imaginación porque la realidad siempre traicionaba, y eso no se podía permitir en las carnes jóvenes e inquietas de quien comienza la universidad.

Dicen quienes han ido a las guerras y han vuelto que siempre es la misma guerra: el mismo guión, argumento, personajes, cameos… Desde la distancia, incluso desde las palabras emborronadas por las lágrimas de quien lo sufre –qué bonito aquel facsímil de Miguel Hernández, El potro obscuro, donde muchas letras se esparcen emborronadas por sus lágrimas-, la guerra se vive como un juego ajeno donde el sufrimiento es tan habitual que ya ni remueve nuestros cimientos.

Por alguna razón que responde a esos impulsos juveniles, supongo, llegué a Sarajevo hace una semana, por tierra. Llegué en autobús desde Belgrado, en duermevela, tan solo consciente de las carreteras agitadas de vez en cuando. Y me fui a buscar un techo bajo el que reposar los pasos de cada día. Creo que a las dos horas de pisar tierra bosnia ya estaba repantingado bajo una manta que no me llegaba al cuello. Recuerdo que era media tarde y tenía un hambre espantosa, así que di unos tumbos por la ciudad de los mitos del periodista.

Los siguientes días los dediqué a mirar por la ventana de mi habitación, caminar por las calles empedradas y tomar Sarajevskos y apuntes de ecología. También a soportar a la vieja que dormía enfrente de mi habitación, que me hablaba en italiano y pronunciaba mi nombre cuando yo intentaba hacer soluble un café insoluble. Y así pasaron los días, entre amanecer y anochecer, con cierta soledad que a veces bendecía y otras asfixiaba, pero siempre me ponía en su sitio. Recuerdo un atardecer donde mis piernas ya no resistían más caminatas y me senté en el muro que da al río, enfrente de la biblioteca de Sarajevo, a las faldas de la colina donde yo dormía, donde de repente todo era quietud. A algo así aspiro.

Si de una ciudad así hay que decir algo, creo que bien podría ser de su capacidad para reavivar la memoria, incluso de quienes no vivimos aquello, pero sí la sombra periodística de quienes nos sirvieron en caliente. Quizá porque nos hubiera gustado estar allí, metidos en la piel de nuestros héroes de la profesión que atravesaban las calles sin saber si llegarían al otro lado, mucho menos de si volverían a compartir alcoholes y conversaciones en el lobby del Holiday Inn. Al fin y al cabo, vivir en la ingenuidad de las leyendas le permiten a uno vivir otras vidas, a refrendar aquello que dijo Miguel Delibes en su discurso al recibir el Cervantes en el 94: “Pasé la vida disfrazándome de otros, imaginando, ingenuamente, que este juego de máscaras ampliaba mi existencia, facilitaba nuevos horizontes, hacía aquélla más rica y variada. Disfrazarse era el juego mágico del hombre […]. La vida, en realidad, no se ampliaba con los disfraces, antes al contrario, dejaba de vivirse, se convertía en una entelequia cuya única realidad era el cambio sucesivo de personajes”.


Camuflado bajo otras pieles regresé de vuelta, también dormido, en un autobús que me aparcó en Belgrado. A falta de interés, me tiré en un banco, a la sombra de la fortaleza de la ciudad, a esperar que el avión, después de surcar los malditos cielos de media Europa, me trajera de nuevo al cuerpo que habito en Madrid, donde “escribir es llorar, es buscar voz sin encontrarla, como en una pesadilla abrumadora y violenta”

02/05/12

Un paseo por la historia

Se afianza la noche en Sarajevo. Las cosas, cuando no se persiguen en su secuencia, producen efectos mas deseables. Algo así me ocurre, que voy a los días y a la noche con cierta intermitencia. Que anochece, me asomo a la ventana cada media hora; que amanece, me despierto diez veces antes de levantarme, definitivamente, del hueco que ya he hecho en el colchón. A la calle bajo con frecuencia, y con frecuencia vuelvo a subir a casa. Y entretanto pateo las calles levantadas tras las ruinas.

Hoy, caminando centrado en algún sentimiento indescifrable, levanté la cabeza y me quedé mirando una de esas fachadas plagadas de impactos de bala y mortero. Saqué la cámara, y en su memoria -y la mía- se quedó guardado. Inmediatamente después recordé mis pasos ayer por la llamada Avenida de los Francotiradores, donde esta el celebre hotel Holiday Inn, que es donde se alojaban los medios de comunicación durante el asedio a la ciudad. Entonces si identifiqué una especie de sentimiento de culpa cristiana. Estoy aquí unos días, vengo de un lugar donde la palabra 'crisis' ya ni se destiñe, y la capacidad de estremecer de una ciudad ya reconstruida es muy poderosa. Durante tres años largos, cruzar estas calles suponía exponerse a ser asesinado de un tiro; hacer cola en un mercado, a ser volado por los aires; y estudiar en la escuela, arriesgarse a no volver a casa. Todo eso lo imaginé visitando, en la mañana de ayer, una exposición en el Museo Nacional. 
En Europa, donde hay quienes dicen que la situación es insostenible, quien más, quien menos, parado o empleado, joven o adulto, tiene su Ipad y su Iphone, sus rebajas de enero y su ducha con champú, sus vinos de domingo y su cine de sábado tarde. Por eso, la sensiblería que me atravesó podría ser una irresponsabilidad.

Pero, ¿qué culpa tiene uno de haber nacido en otro lugar, de no haber vivido nada parecido en los últimos 70 años? Los objetivos de un viaje son tan variados como el número de personas que viajan, aunque en mi caso, es ese doble viaje. En realidad, los viajes -al menos los que concibo- no tendrían ningún sentido si no van acompañados de una sobredosis de conciencia.

Habitar, rutinariamente, ciudades donde la comodidad es regla general, tiene sus inconvenientes: uno se aleja de lo importante. Entre tanto ruido, desplazamientos, verbenas y amortiguadores, sabemos realmente las posibles 'dificultades' a las que podemos enfrentarnos? No lo creo así, por lo que lo único -de momento- de lo que personalmente soy capaz de hacer es enfrentarme a la vida sin aditivos artificiales. Superar barreras que en otros lugares no tenemos la oportunidad siquiera de derribar. 

En realidad, solo escribir estas reflexiones era para llenar algo aquí. La vergüenza y la intimidad me hacen trazar ideas mas hondas en algún lugar clandestino. 

30/04/12

De Belgrado a Sarajevo

No pienso dar de comer a las palomas de Bascarsija, aunque el día invite a tirarse en medio de este lugar emblemático de Sarajevo y meter la cabeza bajo la fuente. Si así fuera, estos animalejos estarían metiendo el pescuezo dentro del caño por ti. Llegué a la capital de Bosnia este mediodía después de montarme en un autobús de dudosa solvencia en Belgrado. Tardaba siete horas y, el tren, tres horas más.  ¿Cuál elegir? El autobús, sin duda. Comprendí por qué  tardaba menos el autobús en cuanto, a las 6 de la mañana, trepé todavía dormido por las escalerillas: de cada asiento colgaba una bolsa para echar los vómitos. Todo encajaba. 

Después de mas de siete horas, varias cabezadas, los ojos hinchados a paisajes y la nada amable manera de despertarme de una policía Bosnia que subió al autobús a pedir el pasaporte, llego a la estación de autobuses de Sarajevo...  pero a la parte Serbia. ¡Yo quiero ir al centro de Sarajevo!, le insinúo al conductor. "Esto es lo que hay, macho", me debió de despachar con un gruñido. En el medio de la nada, sin autobuses, sin gente con la que entenderse, me encuentro con un tipo amable que me dice que tire hacia adelante, que allá al fondo encontraré una estación de autobuses locales, y que uno de ellos me llevaría al centro -previamente, los sinvergüenzas de los taxistas me querían cobrar 10 euros, porque según ellos "hay 15 o 20 kilómetros". Obviamente, desconfío y, ya en la estación local, me subo a un autobús que no me deja pasar porque no llevo moneda local. Le da igual que un pobrecito viajero se quede tirado, que cambie donde me dé la gana, que su sueldo no varía. Sin embargo, echando mano de aquello  de que "aún quedan buenas personas", un chico me paga el billete. Le sonrío y le trato de dar dos euros, los cuales rechaza una primera vez, pero que la segunda se los guarda al bolsillo.

Una vez aquí, ya compruebo que el calor si, es sofocante, que la camisa la tengo empapada y el cuerpo pegajoso. ¿Y donde duermo?, me pregunto. Sinceramente, tenia pensado preguntar en algún lugar, intentar regatear en algún lugar acogedor y barato -sí, es compatible-, pero unas caminatas preguntando los hoteles no ofrecen nada por debajo de los 30 euros. Como en un viaje -aunque no se si bien o mal hecho- la desconfianza es mi moneda de cambio, sigo hurgando en esos edificios estampados con las cicatrices de la guerra, hasta que pregunto en un lugar cuyo recepcionista me dice que tiene una idea. Una idea, que maravilla! Veamos de que se trata...

"Tengo un amigo", comienza diciéndome -y yo con la desconfianza cegándome- "que aloja a gente en su casa, ¿te importa?". Bueno, veamos. Le pregunto lo típico: precio, si se aloja mas gente, donde esta la casa, etc. No seria la primera vez que descalzan a nadie aprovechándose de su pobre ingenuidad. Pero apruebo con la cabeza, que le llame. Así que a los diez minutos un chaval que me dice que es veterinario me estrecha la mano. Allá vamos.

Y sí, se confirma que la correlación entre barato y acogedor existe en alta medida, y que por 10 euros la noche tengo una habitación enorme con vistas a toda la ciudad, y que este lugar esta bien. Ahora bien, si me arrancan el corazón para echar de comer a los peces del Miljacka o para sufragar una noble causa -¡mamá, es broma!-, lo que mas lamentaría sería no estar presente para contemplarlo desde mi ventana.

Definitivamente, me merezco una inmensa cerveza bien espumosa.

23/04/12

Algo más que ratones y hombres

Uno más eres de los desdichados
que ven todos sus planes anulados:
de ratones y hombres quedan truncados,
los proyectos mejores,
¡y en vez de los éxitos anhelados,
nos quedan sinsabores!

Mas ¡bien estás comparado conmigo!
Es el presente tu único enemigo:
pero ¡ay! ¡yo miro hacia atrás y veo, amigo,
un sombrío camino!
Y, si miro adelante a oscuras sigo,
porque miedo me da cuanto adivino.

Robert Burns

En los sótanos de la intrahistoria hay papeles perdidos, hojas arrancadas de la felicidad y piernas musculadas por el capricho de kilómetros en caminos polvorientos. En la espalda del mundo, la cara amarga del aroma humano, existen lágrimas ajenas que, contradicción o falsa compasión, se derraman desde el futuro. Y también en ese vientre de ballena, donde una pequeña bombilla enciende las muecas del pasado, se utiliza para servir el plato caliente a los estómagos hambrientos de entretenimiento. Todo eso lo mezclé anoche con los ingredientes que la tarde, en el Teatro Español y de la mano de la brillante De ratones y hombres de Steinbeck, ofreció en dos horas de impresionante representación.

Comenzó la obra y donde había carcajadas, en otros lugares había relampagueo. Si lo esencial es invisible a los ojos, creo que vi la obra con el sexto sentido porque me comporté mimetizado con George y Lennie, los dos braceros errantes cuyo vínculo excede lo racional. Mis recuerdos del libro nacido del eterno impulso de Steinbeck de dar voz a quienes no pueden gritar es de hace no mucho tiempo, en una noche atestada de cafeína en un salón que no era el mío, cuando todo son puntos suspensivos.

Mientras ayer prestaba hasta el útimo pliegue del interior a la obra, lo viví demasiado intensamente como para salir a la calle y seguir siendo el mismo. Quería saber como se ponía cara y gestos a las palabras, como disparaban al corazón y como calentaban las sensibilidades del público; como arrancaban los suspiros de los extremos suspiros en al comidad del sillón. Y me encantó.

No soy dado a desollar el teatro ni el cine, como esos críticos ácidos cuyo ombligo es más grande que sus intenciones y se enredan en un lenguaje tan circular que uno (al menos yo) no entiende nada. Y todo para poner toda película por los suelos aunque en los carteles salga una frase contundente, tipo "Espectacular", que igual podría referirse a una película que a un plato de alubias. Eso les corresponde a otros. A la infantería nos corresponde encajarlo en algún lugar del cuerpo, vibrar con ello, esconder cualquier parte las reacciones más básicas.

A mí se me coló por varios poros y sospecho que ahí seguirá bastante tiempo. A la sensibilidad que apela cada vómito de Steinbeck se suman las expectativas. Me sucedió, y éstas, lejos de desinflarse, echaron raíces. Nada hay más placentero que vivir herido por los rayos que dispara el cielos de mi planeta Steinbeck.